“A saber cómo ha llegado esa ahí”: estereotipos de la mujer en política

Tras más de cuarenta años de conflicto armado, Colombia inició en 2012 un proceso de paz para terminar el enfrentamiento abierto con las FARC. Entre las distintas comisiones que formaron parte de la mediación, se incluyó por primera vez una Subcomisión de Género. Bajo el lema “Las mujeres seamos pactantes de los Acuerdos de La Habana y no pactadas”, dicho comité reunió a delegadas de ambos bandos, así como presidentas de asociaciones de mujeres y expertas en violencia sexual. Su objetivo era “crear condiciones para que las mujeres, así como las personas con identidad de género diversa, puedan acceder en igualdad de condiciones a los beneficios de vivir en un país sin conflicto armado”1, para lo que se plantearon medidas que incluían la formación, la participación política y la reparación de víctimas de violencia sexual. A pesar de las diferencias ideológicas y de forma de vida de las mujeres que se sentaron a negociar, llegaron rápidamente un acuerdo.

Este caso, aunque el más representativo, no es el único en el que se incluyeron mujeres en procesos paz: encontramos presencia femenina en el acuerdo sobre el programa nuclear de Irán, en la mediación entre el Gobierno de Filipinas y el Frente Moro de Liberación Islámica, en la construcción de la paz en Kirguistán…

Y es que la influencia de mujeres en este tipo de procesos aumenta las posibilidades de que se llegue a un acuerdo, se cumpla lo acordado en él y la paz sea duradera. Así lo avala la Organización de las Naciones Unidas en su informe “Prevenir los conflictos, transformar la justicia, garantizar la paz”2, que recoge estudios sobre el impacto de la participación de la mujer en la resolución de conflictos. Con distintos datos y diferentes países analizados, todos ellos llegan a la misma conclusión: la inclusión de negociadoras favorece el consenso y el éxito de los pactos.

Entonces, si incluir a las mujeres -que no es otra cosa que permitir la representación de la mitad de la población mundial- ayuda a la solucionar problemas políticos y militares, ¿por qué aún cuesta tanto verlas en la cima de la política? ¿Por qué, de los altos cargos (Primer Ministro, Presidencia y Jefatura del Estado) de los países de la Unión Europea, un 83,3% son hombres y sus Parlamentos Nacionales repiten este esquema3? ¿Por qué solo 4 de las 19 presidencias de autonomías son ostentadas por mujeres? ¿Por qué en la cúpula de los cinco partidos con más representación en el Congreso seguimos siendo minoría?

La respuesta es clara: aunque la ley garantice la igualdad entre los y las ciudadanas, todo queda en papel mojado ante los estereotipos y roles de género y los prejuicios atávicos que, en pleno siglo XXI, seguimos sufriendo.

Ya desde el principio la política resulta para la mujer una carrera de obstáculos. No solo es que socialmente tenga un papel casero, inmanente -las mujeres seguimos haciendo la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado4– del que es difícil desprenderse, es que además no “somos de fiar”. La hegemonía del discurso patriarcal nos convierte en sospechosas: nuestra credibilidad es inferior a la suya, tanto en el ámbito público como en el privado. Esto dificulta que podamos ser líderes políticos, convencer, y nos condena a una tensión constante por respaldarnos y demostrar nuestra valía.

Alcanzar altos cargos de responsabilidad no aligera estos problemas; de hecho, se van sumando situaciones, comentarios y amenazas cuyo contenido apela directamente a su género y que, por tanto, sus compañeros no tienen que aguantar.

No solo se cuestionan continuamente sus méritos para estar donde están -los típicos comentarios de “a saber cómo ha llegado esa ahí”, “es la novia de”, etc.-, sino que también se cuestiona cada una de las decisiones y actitudes que toma. Los ejemplos de Manuela Carmena y Ada Colau demuestran que da igual cómo la mujer ejerza su poder: será una “abuelita” frágil o una “mandona” despiadada por las mismas actuaciones por las que sus homólogos son “benevolentes” o tienen “capacidad de liderazgo”. Las políticas que lleve a cabo, su ideología, los resultados de su trabajo, nada de eso importa: a las mujeres se nos juzga siempre por otros criterios.

Uno de ellos -el más utilizado y el más machista- es el que clasifica a las políticas por su imagen: si la mujer es del gusto de los señores, se la sexualizará; si no es considerada atractiva por el jurado de machitos, se dejará muy claro a través de insultos. En ambos casos, el acoso y las amenazas están servidas.

El caso más reciente es el de Pipi Estrada, periodista español que utilizó en Twitter una imagen en la que se le veía la pierna -sí, son capaces de sexualizar una pierna-  a Inés Arrimadas, diputada en el Parlamento catalán. Su ingenio le permitió escribir “Q aplicamos aquí el 155 o el 69??”5, pero no le dio para decir algo de su intervención parlamentaria.

Pero este caso no es el primero. Ni siquiera es el primero que tiene a Inés de protagonista. Hace unos meses el escándalo saltaba por el comentario de una mujer en Facebook en el que aseguraba que la política “merecía una violación en grupo”.

Pintada en el monumento a las Brigadas Internacionales de la UCM. Foto de ABC

Tampoco es algo aislado. El machismo no entiende de colores ni partidos políticos: la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, tuvo que soportar que el “periodista” Alfonso Rojo -experto en comentarios sexistas- arremetiera contra su vestimenta y que un concejal de Pontevedra la llamara “chochito de oro”; la ya mencionada Ada Colau, a quien un concejal mandó a limpiar suelos, confesó el pasado verano que había sufrido acoso sexual durante un evento al que asistió como alcaldesa6. Manuela Carmena ha conseguido reducir la deuda de Madrid, pero seguirá siendo calificada de vieja y fea. Anna Gabriel, diputada catalana de las CUP, ha sido en multitud de ocasiones increpada por su físico: horrorosa, vieja, antiestética… La declaración más mediática fue la de Eduardo García, presentador de Intereconomía que en su programa dijo que la diputada catalana tapa con “harapos propagandísticos el cuerpo con el que la madre naturaleza la ha castigado”, además de llamarla puta y malfollada7. La actividad política de Susana Díaz quedó en segundo plano cuando adelgazó tras el embarazo y lucía “esbelta”. Como ellas, la exministra socialista Leire Pajín, la ministra del PP Dolores de Cospedal, la concejala de Ciudadanos Begoña Villacís, la diputada de Unidos Podemos Irene Montero; también Angela Merkel, Theresa May o Nicola Sturgeon: incluso más allá de nuestras fronteras la aportación de las mujeres en la política, por importante que sea, queda reducida a unas piernas bonitas, una cara fea o un escote pronunciado.

No queremos ser cuerpos, vestidos ni la novia de alguien. Lo que queremos es tener nombres y apellidos, estar donde se toman las decisiones y cambiar este mundo que sistemáticamente nos deja fuera.

Podemos. Hemos demostrado con creces que sabemos. Que cuando nos dejan, conseguimos solucionar grandes problemas. Y hemos venido para reclamar el poder que se nos ha negado y hacerlo nuestro.

“La actuación de la mujer no implica la participación en el poder masculino, sino cuestionar el concepto de poder”. Carla Lonzi

Por Princesa No Normativa (@noprinceneeded)

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