LO QUE DICEN DE NOSOTRAS

Crecemos rodeadas de relatos. Nos construimos en base a ellos. Están en quiénes somos y en nuestra forma de mirar(nos). Los relatos son muy poderosos. Se filtran y se mezclan con nuestra identidad cuando aún somos permeables. Los escuchamos desde niñas. Los observamos y absorbemos mientras estamos creciendo. Se nos hace partícipes de ellos hasta que llega el momento en el que nosotras mismas los reproducimos. Esos relatos crean estructuras en nuestra mente, la estrechan, nos hacen prisioneras de la supuesta verdad que encierran, una verdad disfrazada de realidad indiscutible, rodeada por un halo de normalidad. Se nos cuenta que la naturaleza misma ha dado forma a esos relatos, que no se pueden cambiar, que son inalterables. Se nos muestra cuál es el castigo por intentarlo. Y así, a través de ellos, el patriarcado se reproduce e impone como una suerte de dogma que dicta lo que significa ser mujer. Al menos una buena.

La narrativa del patriarcado es poderosa, nos impone quiénes somos, cómo nos vemos. Nos cosifica y nos clasifica siguiendo criterios misóginos. Es un relato complejo, construido para garantizar su propia pervivencia, su capacidad para perpetuarse. Nos convierte en personajes secundarios, siempre al servicio de los protagonistas, los elegidos, los privilegiados. Nos obliga a mirarnos a través de ellos.

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Una de las ilustraciones de Fuera complejos: para imperfectas. Raquel Córcoles

La narrativa del patriarcado crea e impone la nuestra propia. Hasta que un día nos damos cuenta de que gran parte de las cosas que pensamos acerca de nosotras mismas procede del exterior. Los calificativos que creemos que nos definen, los adjetivos a los que recurrimos para describirnos, no han surgido dentro de nuestras mentes. Nos han contado tantas veces cómo somos y qué es lo que nos caracteriza, que nos lo hemos creído. Han trazado un camino estrecho y asfixiante para nosotras, aplastándonos con instrucciones sobre lo que se supone que debemos de hacer. Lo que debemos. No lo que queremos. Y después nos han acusado de ser/estar insatisfechas.

“El feminismo antes tenía sentido, cuando las mujeres no podían votar o tener propiedades a su nombre. Ahora ya no tiene motivo para existir”. Un nuevo relato. Un mismo fin machista.

Pero el feminismo nos permite contemplarnos con sinceridad, entender nuestro sufrimiento, comprender nuestras dudas y contradicciones, despojarnos de etiquetas dañinas, abrazarnos y hacernos nuestras. El feminismo derriba las estructuras de cuentos arraigados, nos deconstruye, nos une, nos fortalece. Y así, nos hace ser conscientes de que aquello que nos han contado sobre nosotras mismas nos recluye en una prisión que nos hace vulnerables. Cambiemos la narrativa. Creemos la nuestra propia.

Por Matilda Florrick @MatildaFlorrick

 

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