Violencia de género y custodia compartida impuesta

Hace unos meses, las ventanas de muchos hogares se llenaron de carteles con un lema que rezaba “Juana Rivas está en mi casa”. Personas de distintos lugares de España se reunieron para manifestar su apoyo a la decisión de una mujer de esconderse y no entregar a sus hijos a su ex marido maltratador. No obstante, los engranajes del patriarcado no tardaron en ponerse en funcionamiento para restaurar “el orden natural”, y los medios de comunicación y diversas personas públicas comenzaron a cuestionar a Juana Rivas, poniendo en duda su estabilidad mental, su capacidad para tomar decisiones e incluso su testimonio. No importaba que hubiese una sentencia por maltrato contra su ex pareja, el relato patriarcal se las arregló para intercambiar los roles de los implicados convirtiendo a Juana en la inestable malvada y a su ex marido en el pobre padre privado de la compañía de sus hijos. El hombre, que había cumplido sentencia por maltrato (por lo que ya no hay presunción de inocencia que valga), contó con la complicidad de los medios, que le cedieron espacio y le dieron voz, dando valor a sus alegatos.

Fueron muchas las personas que se remitieron a la legalidad para atacar a Juana y para tratar de emponzoñar las buenas intenciones que se escondían tras su decisión, como si las leyes siempre hubiesen sido justas o como si siempre hubiesen estado pegadas a la realidad y a las necesidades sociales. ¿Hay leyes machistas? Por supuesto que sí. Y Juana y muchas otras mujeres las sufren. Porque una ley que permite que una víctima de violencia de género  comparta la custodia de sus hijos con su agresor se apoya sobre la idea de que un hombre puede ser un buen padre con independencia de si es o ha sido violento con su pareja. Y aquí subyace la raíz misma de la perpetuación del patriarcado: negar el carácter estructural del machismo.

 

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No ver el peligro que implica que un maltratador esté involucrado en la educación de dos niños es de una gravedad alarmante. Puede que esos pequeños no corran un riesgo físico (aunque nadie pueda asegurarnos esto), pero no protegerlos de la influencia de un misógino violento es negar el machismo desde su base; negarlo y alimentarlo.

Mientras no entendamos que no son locos aislados, y no veamos que la violencia contra las mujeres es un problema de hondo calado social que forma parte de un todo, seguiremos legitimando un sistema que nos agrede y nos castiga física y psicológicamente a nosotras. Porque, al final, la custodia compartida impuesta en casos de violencia de género no es más que otra forma de control a través de la cual los hombres nos recuerdan quiénes mandan. Porque la realidad es que, en la mayoría de los casos, seguimos siendo nosotras los que nos encargamos del cuidado de la progenie. Porque solo cuando denunciamos y decidimos dejar a nuestros agresores recurren a su condición de padres para hacernos daño. Aunque en realidad nunca hayan asumido la responsabilidad de lo que implica serlo. Aunque al haber sido violentos con nosotras jamás puedan ejercer bien esa paternidad que, convenientemente, de pronto reclaman. Con la ley beneficiándoles, aunque la razón esté de nuestra parte.

Por Matilda Florrick @MatildaFlorrick

 

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